Cada vez se hace más difícil el sueño de la casa propia, el auto y gozar de las vacaciones, entre otras cosas más, sellos de esta condición.

A principios del siglo XX, millones de inmigrantes poblaron nuestras tierras en busca de un futuro auspicioso que les era ajeno en su tierra natal.

Entrado el siglo, primero, con los gobiernos de Hipólito Yrigoyen, y luego, con el de Juan Domingo Perón, en Argentina se conformó una burguesía ascendente que, incluso trabajadora, lograba acceso a consumos impensados para la mayoría.

La casa propia, un auto y el derecho a gozar de vacaciones era el sello de la “clase media argentina”.

El germen de la clase media argentina

El crack de 1929 en la bolsa de Nueva York (en Wall Street) acarreaba a la economía a la primera Gran Depresión del capitalismo. Este terremoto económico y social en el mundo occidental fue el puntapié inicial que empujó a nuestro país a su desarrollo industrial, proceso que se denominó ISI fácil (Industrialización por Sustitución de Importaciones).

Esta contingencia se extendió hasta entrada la década del 50, ya que buena parte del mundo estaba distraído haciendo la guerra.

Bajo estos acontecimientos, a diferencia de la formación social de otros países de América Latina, Argentina conformó un sólido entramado productivo-social (donde importantes mayorías lograron una posición económica estable y con alcance a un consumo estándar) y logró las bases de su desarrollo para ingresar a lo que se denomina ISI difícil, el impulso de la industria pesada (esto implicó la fabricación de bienes tecnológicos avanzados, como automotores, maquinarias, siderurgia, metalurgia y petroquímica), proceso que empezó a mostrar su agotamiento a fines del 60 y culminó con el sangriento golpe de Estado y su reforma económica.

Pero, ¿qué es la clase media entonces? Obviamente, es la clase social que se ubica entre la clase alta y la clase baja, pero entonces, ¿qué significa ser de clase media?

Básicamente, podemos definir este estrato social como aquellos que tienen ingresos intermedios; es decir, tienen un poder adquisitivo que les permite cubrir sus necesidades básicas y futuras, y cuentan con cierta capacidad de consumo y ahorro.

Sin embargo, un aspecto aún más relevante son los factores no monetarios: ser de clase media se asocia tradicionalmente con la estabilidad laboral, acceso a educación y salud (pública o privada), posesión de bienes (como vivienda o vehículo) y la posibilidad de tomarse vacaciones.

Ahora bien, ser de clase media es una clasificación independiente de ser un rentista (quien vive de la renta) o un trabajador (quien vive de su trabajo).

La gran diferencia es que todas las personas de clase media son trabajadores, viven de lo que trabajan; sean empleados, autónomos o empresarios, todos viven de su trabajo; mientras que no todas las personas de clase alta son rentistas; la mayoría, por supuesto, y un grupo muy selecto de trabajadores (muy bien pagos y, con el tiempo, posibles rentistas).

El problema de “vivir de la fuerza laboral” de uno es que el pertenecer a una clase social depende del trabajo; primero, de que exista; y segundo, de qué tan bien remunerado sea. Hoy, en Argentina, muchos trabajadores son de clase social baja.

Jaque a la clase media

Es indudable que, en los últimos años, la clase media está crujiendo, adelgazando su morfología, ya no todos pueden sostenerse, incluso trabajando.

Hoy, la famosa “clase media” atraviesa un profundo proceso de fragmentación y pérdida de poder adquisitivo, concentrando gran parte de sus ingresos en mantener servicios esenciales como la salud y la educación.

Los números hablan por sí solos: según el INDEC, el 80% de la población o de los trabajadores percibe ingresos individuales por debajo del millón de pesos mensuales, y en los últimos 3 años se han perdido más 434.000 puestos de trabajo formales y más de 32.200 empresas cerraron.

Impulsados por la pérdida de poder adquisitivo, la caída del consumo y los altos costos de financiación, la mayoría de la población argentina está deteriorada y, según el BCRA, sumamente endeuda.

Según este organismo, la morosidad y el endeudamiento de las familias en Argentina alcanzaron niveles críticos en 2026, más de 20 millones de argentinos tiene un compromiso financiero; de estos, más del 25% tienen una morosidad de sus compromisos, alcanzando un crepitoso 12,8% índice de morosidad con los bancos (15,9% en préstamos personales y 13,1% en tarjetas de crédito), los registros más altos de las últimas dos décadas.

Ante tal cimbronazo, la incertidumbre y la pérdida de referencia es tan grande que los individuos priorizan el corto plazo y los logros propios a los colectivos; por eso, el individualismo y la disgregación social son una característica plena de las sociedades actuales.

Sin contención en el entramado social, sin garantías propias de un Estado benefactor (como otrora se representara en la mayoría de los países europeos y también en Argentina), las sociedades están a la deriva y a merced del mercado, principalmente, de las grandes corporaciones tecnológicas que captan individuos y voluntades, y terminan siendo formadoras de hasta la opinión pública.

Como dice Yanis Varoufakis, ahora estamos ya en la era del tecnofeudalismo, el sigiloso sucesor del capitalismo.

En la actualidad, el sistema económico global ya no se rige por los mercados tradicionales ni por la búsqueda de beneficios basados en la producción, ahora dependemos de los nuevos tecnológicos señores feudales digitales: las grandes compañías tecnológicas. Corporaciones con más poder que naciones enteras.

Ante este nuevo escenario, con incertidumbre, descomposición del trabajo, sin un Estado organizador y garante de derechos históricos conseguidos, ¿dónde queda la famosa “clase media argentina”?

En la práctica existe una tendencia generalizada de que gran parte de la población se identifica a sí misma como «clase media», más allá de que sus ingresos reales varíen o estén expuestos a la vulnerabilidad económica. En la práctica, por ahora.